08/09/2011

La Bendición está en Casa
Hechos 16:21-32

Ustedes recordarán que cuando el apóstol Pablo estuvo en la ciudad de Filipos predicando lo acusaron injustamente y lo llevaron a la cárcel. Pero él cantó himnos a Dios y hacia la media noche todas las puertas de la cárcel se abrieron, el guardia pensó que todos los presos habían huido y sacó su espada para matarse pero Pablo le dijo: no te hagas daño, todos estamos aquí. Se apoderó del carcelero un gran temor,  asustado y temblando fue ante Pablo y Sílas diciéndoles: hermanos ¿qué debo hacer para ser salvo? y el apóstol le dijo: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y toda tu casa.

Dios siempre tiene en mente bendecir a la familia, él está interesado en las personas, pero más que en las personas, él está interesado en llegar a familias enteras, él no quiere que la bendición quede centrada en el hombre o en la mujer, por el contrario, él quiere que la bendición se extienda al hombre y a la mujer.

Usted recordará cuando el Señor Jesús estaba dialogando con la mujer samaritana (Juan 4): la mujer se siente contrariada por la manera como el Señor la evangelizó, pues él estaba cansado y acudió al pozo para beber agua, pero no tenía un recipiente para sacarla así que le dijo a la mujer que estaba junto al hoyo: dame de beber. La samaritana se sorprendió ante de la petición que le hizo el judío y le replicó: ¿cómo tú  siendo judío me pides que te dé de beber si soy una mujer samaritana? Y Jesús le dijo: si tú conocieras  el don de Dios le pedirías y yo te daría agua viva. - Señor y no tienes con que sacarla y el pozo es hondo….  La conversación sobre el agua siguió hasta que Jesús en medio del dialogo le habló sobre la convicción de pecado: el agua que yo doy es un agua que salta para vida eterna, si usted toma de esta agua volverá a tener sed, pero si toma del agua que yo doy nunca más tendrá sed. A lo que la mujer le respondió: pero Señor yo quiero esa agua, ¿qué hago? Y el Señor le dijo: ve y llama a tu marido. Pero la mujer le dijo: yo no tengo marido. Jesús le respondió: has dicho la verdad porque ya van cinco en la lista, te has casado cinco veces y con el hombre que estás viviendo ahora, con éste no te has casado. Luego agregó: ve y llama a tu marido. La mujer fue y llamó a todos los hombres de Samaria  a pesar de su problema (cualquiera de nosotros podría haber dicho: pero esa mujer está viviendo en pecado, está en concubinato, no tiene derecho de tomar el nombre de Dios en sus labios). Pero lo primero que Jesús le dijo fue ve y llama a tu marido, testifícale a tu marido, esposo. Pero ella le dijo: Señor, ¡no soy casada! Bueno entonces testifícale al hombre con que estás viviendo, háblale a tu compañero de Cristo.

Quiero decirles que nosotros no llegamos a conocer a Jesucristo en santidad, todos nosotros llegamos en mayor o menor grado de pecado, pero quiero recordarles  que la  gracia de Jesús es  grande para cualquiera de nosotros.

No importa el grado de pecado que hayamos cometido, la misericordia de Dios se extiende sin mirar el pecado, porque él obra en misericordia, él nos mira con amor.
El Señor quiere que nosotros compartamos generosamente la salvación que él nos dio. La mujer de Samaria tenía su cántaro pero lo dejó, fue y testificó en Samaria: allí hay un hombre que me ha dicho todo lo que yo soy. ¿Será este el Mesías? No tenía instrucciones teológicas, no se había preparado en ningún seminario, pero tuvo algo que es lo más importante, tenía a Jesús en su corazón.

Jesús quiere extender la salvación a nuestros hogares, a nuestras familias. Después de su muerte y ascensión al cielo, les dijo a sus discípulos vayan y ganen naciones enteras. Les dio lo que conocemos como la Gran Comisión: discipular naciones enteras para él...

 



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